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Selección de textos del libro “Introducción al pensamiento complejo”, de Edgar Morin (1921-2026), y comentario de Enrique de Mestral

hace 21 horas
8 min de lectura

La prehistoria del espíritu humano


Con Cristóbal Colón hemos descubierto ya las primeras costas de América, pero todavía creemos que se trata de la India. Estamos siempre en la prehistoria del espíritu humano. Esta idea de que estemos en este estadío histórico, nos abre el porvenir, siempre a condición de que la humanidad disponga de un futuro.


La coincidencia entre la idea de edad de hierro planetaria y la idea de que estamos en la prehistoria del espíritu humano, en la era bárbara de las ideas, no es fortuita. La prehistoria del espíritu humano quiere decir que en el plano del pensamiento consciente, no estamos más que al comienzo. Estamos aún sometidos a modos mutilantes y disyuntores de pensamiento y es aún muy difícil pensar de manera compleja.


Una civilización urbana que aporta tanto bienestar, tantos desarrollos técnicos y de otro tipo, la atomización de las relaciones humanas conduce a agresiones, a barbaries, a insensibilidades increíbles.


Una de las conquistas preliminares en el estudio del cerebro humano es la de comprender que una de sus superioridades sobre la computadora es la de poder trabajar con lo insuficiente y lo impreciso. Hay que reconocer fenómenos inexplicables, como la libertad o la creatividad, inexplicables fuera del cuadro complejo que permite su aparición.


Organización, desorganización y vida


El mundo no puede aparecer como tal, es horizonte de un ecosistema, horizonte de la physis, no puede aparecer si no es para un sujeto pensante, último desarrollo de la complejidad auto-organizadora.


Lo más difícil de percibir es la evidencia. Las estructuras se mantienen mientras los constituyentes cambian. Las leyes de organización de lo viviente no son de equilibrio, sino de desequilibrio.


Esto muestra no solamente la diferencia de naturaleza, de lógica, entre los sistemas auto-organizados y los otros, sino que muestra también que hay un lazo consustancial entre desorganización y organización compleja, porque el fenómeno de desorganización (entropía) prosigue su curso en lo viviente, pero de manera inseparable está el fenómeno de reorganización (neguentropía). El lazo entre vida y muerte es mucho más estrecho, profundo, que lo que hubiéramos alguna vez podido, metafísicamente imaginar.


El sujeto y el objeto


La ciencia occidental se fundó sobre la eliminación positivista del sujeto a partir de la idea de que los objetos, al existir independientemente del sujeto, podían ser observados y explicados en tanto tales. La idea de universo de hechos objetivos, liberados de todo juicio de valor, de toda deformación subjetiva, gracias al método experimental y a los procedimientos de verificación, ha permitido el desarrollo prodigioso de la ciencia moderna. Ciertamente, se trata aquí de un postulado, es decir, de una posición acerca de la naturaleza de lo real y del conocimiento.


Dentro de este marco de referencia, el sujeto es, o bien el ruido, es decir, la perturbación, la deformación, el error, que hace falta eliminar a fin de lograr el conocimiento objetivo, o bien el espejo, simple reflejo del universo objetivo.


Pero, rechazado de la ciencia, el sujeto se toma revancha en el terreno de la moral, la metafísica, la ideología. Ideológicamente, es el soporte del humanismo, religión del hombre considerado como el sujeto que reina o debería reinar sobre un mundo de objetos (a ser poseídos, manipulados, transformados). Moralmente, es el sitial indispensable de toda ética. Metafísicamente, es la realidad última o primera que reubica al objeto como un pálido fantasma o, en el mejor de los casos, un espejo lamentable de las estructuras de nuestro entendimiento.


La parcelación del conocimiento


Desde todos esos aspectos, gloriosa o vergonzosamente, implícita o abiertamente, el sujeto ha sido trascendentalizado. Excluida del mundo objetivo, la subjetividad o conciencia, ha sido identificada con el concepto de algo trascendental que viene del Más Allá (el universo). Rey del Universo, huésped del Universo, el sujeto se despliega entonces en el reino no ocupado por la ciencia. A la eliminación positivista del sujeto le responde, desde el polo opuesto, la eliminación metafísica del objeto, el mundo objetivo se disuelve en el sujeto que piensa. Descartes es el primero que hizo surgir en toda su radicalidad esa dualidad que habría de marcar al Occidente moderno, postulando alternativamente al universo objetivo de la res extensa, abierto a la ciencia, el cogito subjetivo, irreductible primer principio de realidad.


No hay objeto si no es con respecto a un sujeto (que observa, aísla, define, piensa) y no hay sujeto si es con respecto a un ambiente objetivo (que le permite reconocerse, definirse, pensarse, etc., pero también existir).


Aparece la gran paradoja, sujeto y objeto son indisociables, pero nuestro modo de pensar excluye a uno u otro, dejándonos solamente libres de elegir, según el momento de la travesía, entre el sujeto metafísico y el objeto positivista.


Pero si uno valora al sujeto, la indeterminación se vuelve entonces, riqueza, bullir de posibilidades, libertad. Y así toma forma el paradigma clave de Occidente: el objeto es lo cognoscible, lo determinable, lo aislable y por lo tanto, lo manipulable. Contiene la verdad objetiva y en ese caso, es todo para la ciencia, pero al ser manipulable por la técnica, es nada. El sujeto es lo desconocido, por indeterminado, por espejo, por extraño, por totalidad. Así es que en la ciencia de Occidente, el sujeto es todo-nada: nada existe sin él, pero todo lo excluye, es como el soporte de toda verdad pero al mismo tiempo, no es más que ruido y error frente al objeto. La doctrina es la teoría cerrada, autosuficiente y por lo tanto insuficiente.


La inevitabilidad de la parcelación disciplinaria y el fraccionamiento teórico


Aunque existe la necesidad de una unidad de la ciencia: lo físico, lo biológico, lo antropológico. Estas grandes disciplinas parecen corresponder a esencias y a materia heterogéneas. Pero ese paradigma de Occidente, hijo de la herencia fecunda de la esquizofrénica dicotomía cartesiana y del puritanismo clerical, gobierna también al doble carácter de la praxis occidental, por una parte antropocéntrica, etnocéntrica, egocéntrica, cuando se trata del sujeto (porque está fundada  sobre la auto-adoración del sujeto: hombre, nación o etnia, individuo); por otra parte y correlativamente manipuladora congeladamente objetiva, cuando se trata del objeto.


El paradigma de la complejidad


La vida cotidiana es, de hecho, una vida en la que cada uno juega varios roles sociales, ya sea en soledad, en su trabajo, con amigos o con desconocidos. Vemos así que cada ser tiene una multiplicidad de identidades, una multiplicidad de personalidades en sí mismo, un mundo de fantasmas y de sueños que acompaña su vida. Cada uno se conoce muy poco a sí mismo.


Sabiéndose vivos en un universo materialista, mortal, sin salvación tenían necesidad de saber que había algo perfecto y eterno: el universo mismo. Laplace, frente a la pregunta sobre Dios: “yo no necesito esa hipótesis”. Esa mitología extremadamente poderosa, obsesiva aunque oculta, ha animado al movimiento de la física. Hay que reconocer que esa mitología ha sido fecunda porque la búsqueda de la gran ley del universo ha conducido a descubrimientos de leyes mayores tales como las de la gravitación, el electromagnetismo, las interacciones nucleares fuertes y luego débiles.


El Universo comienza como una desintegración y es desintegrándose que se organiza. El desorden y el orden, aunque enemigos, cooperan de alguna manera para organizar el universo. Los fenómenos desordenados son necesarios en ciertas condiciones, en ciertos casos, para la producción de fenómenos organizados, las cuales contribuyen al incremento del orden. El mundo de la vida incluye y tolera mucho más desórdenes que el mundo de la Física. Nuestros organismos no viven más que por su trabajo incesante, en el curso del cual se degradan las moléculas de nuestras células y ellas mismas mueren. Sin cesar, en el curso de nuestras vidas, nuestras células son renovadas, al margen de aquellas del cerebro y algunas células hepáticas. Vivir, de alguna manera, es morir y rejuvenecerse sin cesar. Pero a fuerza de rejuvenecer, envejecemos, y el proceso de rejuvenecimiento se entorpece, se desorganiza y efectivamente, si se vive de muerte, se muere de vida.


Los individuos producen la sociedad que produce a los individuos. Para ser nosotros mismos, nos hace falta aprender un lenguaje, una cultura, un saber, y hace falta que esa misma cultura sea suficientemente variada como para que podamos hacer, nosotros mismos, la elección dentro del surtido de ideas existente, y reflexionar de manera autónoma. Esa autonomía se nutre entonces de dependencia, de una educación, de un lenguaje, de una cultura, de una sociedad, dependemos por cierto de un cerebro, del  mismo producto de nuestro programa genético y dependemos también de nuestros genes.


El principio de que “nadie puede ignorar la ley” impone la fuerte presencia del todo social sobre cada individuo, aun cuando la división del trabajo y la parcialización de nuestras vidas hace que nadie posea la totalidad del saber social. El hombre no solo es parte de la sociedad, sino que, más aún, sin saberlo, está poseído por toda la sociedad, que tiende a deformar su visión.


La complejidad y la acción


No hay un dominio de la complejidad que incluya el pensamiento, la reflexión, por una parte, y el dominio de las cosas simples que incluiría la acción, por la otra. La acción es el reino concreto y tal vez, parcial de la complejidad.


La política del petróleo crudo tenía en cuenta únicamente el factor precio sin considerar el agotamiento de los recursos, la tendencia a la independencia de los países poseedores de esos recursos, los inconvenientes políticos. Los políticos habían descartado a la Historia, la Geografía, la Sociología, la política, la religión, la mitología, de sus análisis. Esas disciplinas se tomaron venganza.


Prepararse para lo inesperado


La complejidad no es una receta para conocer lo inesperado. Pero nos vuelve prudentes, atentos, no nos deja dormirnos en la mecánica aparente y la trivialidad aparente de los determinismos. Debemos saber que todo lo importante que sucede en la historia mundial o en nuestra vida es totalmente inesperado, porque continuamos actuando como si nada inesperado debiera suceder nunca. Sacudir esa pereza del espíritu es una elección que nos da el pensamiento complejo.


La complejidad y la empresa


Primera etapa de la complejidad: tenemos conocimientos simples que no permiten conocer las propiedades del conjunto. El todo es más y, al mismo tiempo, menos que la suma de las partes que lo constituyen. Por ejemplo, una tela está formada por fibras que, al integrarse, contribuyen a formar el conjunto. O bien, dos gases, el hidrógeno y el oxígeno, que al unirse producen un líquido: el agua.


Epistemología de la complejidad


Hay ideas generales ocultas en el conocimiento científico mismo. Son ideas generales acerca del orden del mundo, acerca de la racionalidad, acerca del determinismo, etc.


La ciencia marcha al mismo tiempo sobre cuatro patas independientes e interdependientes: la racionalidad, el empirismo, la imaginación, la verificación.


Información y conocimiento


La información y el conocimiento son niveles de la realidad totalmente diferentes. La sabiduría es reflexiva, el conocimiento es organizador, y la información se presenta bajo la forma de unidades cuyo rigor es designable como bits.


Comentario de Enrique de Mestral


Morin no considera el ateísmo una certeza absoluta, pero tampoco afirma la existencia personal de Dios. Más bien, se mantiene en la incertidumbre y el misterio, en una posición próxima al agnosticismo.


La concepción de Morin plantea una cuestión filosófica que merece especial atención: ¿puede el orden surgir de la interacción entre desorden y organización sin recurrir a un principio trascendente? En este punto, su pensamiento se distancia de una explicación teísta de la realidad y se aproxima a una concepción en la que el orden emerge de la propia dinámica compleja del universo. Esta cuestión recuerda, en algunos aspectos, ciertas concepciones de Spinoza, aunque no deberían identificarse sin más ambas posiciones.


La gran aportación de Morin no consiste simplemente en afirmar que la realidad es compleja, sino en mostrarnos que nuestro propio modo de conocerla puede fragmentarla, simplificar y finalmente deformarla.


¿Hasta dónde puede llegar el pensamiento complejo si excluye de entrada una dimensión trascendente de la realidad?


Retrato de Edgar Morin, filósofo y pensador francés, relacionado con el pensamiento complejo
Para ser nosotros mismos, nos hace falta aprender un lenguaje, una cultura, un saber, y hace falta que esa misma cultura sea suficientemente variada como para que podamos hacer, nosotros mismos, la elección dentro del surtido de ideas existente, y reflexionar de manera autónoma.

 
 
 

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