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¿Cómo hemos construido históricamente nuestros valores?

22 ago
5 min de lectura

Reflexiones personales a partir del contraste entre las concepciones del sociólogo alemán Hans Joas (n. 1948) y del filósofo alemán de origen judío Hans Jonas (1903-1993).


1. Cómo se construyen históricamente los valores


Joas intenta explicar cómo se ha producido históricamente la universalización de determinados valores. Según su perspectiva, los valores pueden adquirir una pretensión de universalidad a través de procesos históricos de experiencias morales, articulación, reconocimiento y aprendizaje colectivo, y no únicamente mediante una demostración filosófica abstracta.


Por ello, para Joas, la universalidad de los derechos humanos no depende de que todas las culturas compartan la misma religión o filosofía, sino de que todas puedan reconocer la dignidad de la persona a través de sus propias tradiciones y experiencias históricas. Esta perspectiva ha sido especialmente influyente en la sociología, la filosofía social y los debates contemporáneos sobre derechos humanos y pluralismo cultural.


Para Joas, la Ilustración fue muy importante, pero no explica por sí sola el origen de los valores universales. Sostiene que la dignidad humana y los derechos humanos surgieron de un proceso histórico más amplio, donde también participaron tradiciones religiosas, sobre todo el cristianismo, movimientos sociales y experiencias históricas como la lucha contra la esclavitud y las guerras mundiales.


Joas critica el relativismo cultural que sostiene que cada cultura tiene sus propios valores y que no existen principios universales. Y el universalismo racionalista, que afirma que los derechos humanos pueden deducirse únicamente de la razón, como si fueran una consecuencia lógica de la filosofía ilustrada.


2. Jonas: hacia dónde debe extenderse nuestra responsabilidad


Jonas plantea hacia dónde debe extenderse ahora nuestra responsabilidad, ampliando el concepto de universalismo, preguntándose qué responsabilidad tenemos frente a las generaciones futuras y frente a la biosfera.


Esto permite pasar de un universalismo de los derechos a un universalismo de la responsabilidad.


Jonas buscó comprender cómo la ética de la vida respondía a los desafíos creados por la tecnología. En su reflexión incorpora la ciencia y la técnica modernas, que transformaron radicalmente el poder del ser humano sobre la naturaleza y sobre sí mismo, además de considerar la tradición bíblica y cristiana y la filosofía griega.


Su pensamiento ofrece fundamentos importantes para una ética de la investigación y del desarrollo científico y tecnológico, al defender que el progreso debe estar guiado por la prudencia y el respeto a la vida.


Hoy la tecnología permite intervenir profundamente en los ecosistemas, influir sobre el clima y modificar aspectos de la genética humana. Él se preocupaba también del planeta que dejamos para las generaciones futuras, con el cuidado o descuido de la biosfera, por eso para este filósofo, la responsabilidad principal radica en preservar las condiciones que hacen posible la vida humana.


3. Las civilizaciones que contribuyeron a esos valores


Ellos son el resultado de una larga evolución en la que confluyeron varias civilizaciones. Ninguna los creó por sí sola.


La antigua Mesopotamia nos legó, entre otros textos jurídicos, el Código de Hammurabi, hacia 1750 a. C., que recogió y sistematizó tradiciones jurídicas anteriores sobre temas como la familia y el matrimonio, el trabajo y la economía. La conocida fórmula “ojo por ojo”, aunque pueda parecernos bárbara desde nuestra perspectiva actual, introduce una idea de proporcionalidad entre el daño causado y la pena, aunque su aplicación también estaba condicionada por la posición social de las personas. También aportó la idea de que el poder debe ejercerse conforme a normas.


En cuanto a la medicina, el médico podía ser considerado responsable por los daños que causara a un paciente. Sin embargo, en esa época no existían los principios y estándares que hoy asociamos con la bioética, como el consentimiento informado, la autonomía del paciente, la consideración de la incertidumbre inherente a la práctica médica, los estándares científicos de buena práctica o la distinción entre complicaciones y mala praxis. Se trataba, sin embargo, de una responsabilidad jurídica vinculada a determinadas consecuencias de la práctica médica, no de un sistema de bioética en el sentido contemporáneo.


El antiguo Israel aportó una concepción del valor moral de la persona, basada en la idea de que Dios la creó a su imagen, así como principios relacionados con la justicia y la protección de los más vulnerables.


Grecia nos legó la filosofía racional, el debate crítico, la búsqueda de la verdad mediante la argumentación y una de las primeras experiencias conocidas de democracia directa, aunque imperfecta por no ser universal, al no dar participación a las mujeres, a los esclavos y extranjeros. Los filósofos de  Atenas, como Sócrates, Platón y Aristóteles siguen influyendo profundamente en el pensamiento ético y político.


El cristianismo contribuyó a expandir y transformar concepciones morales relacionadas con el amor al prójimo, el perdón, la igualdad espiritual de las personas y la atención a los más vulnerables. Estas ideas marcaron profundamente la cultura europea y americana.


El mundo islámico medieval preservó, tradujo, desarrolló y amplió los conocimientos griegos, persas e indios. Impulsó la medicina, las matemáticas, la filosofía y transmitió gran parte del saber antiguo a Europa.


La Ilustración europea de los siglos XVII y XVIII enfatizó la libertad individual, la tolerancia religiosa, la separación de poderes y los derechos humanos. Pensadores como John Locke, con sus ideas sobre los derechos naturales y el gobierno basado en el consentimiento; Montesquieu, con la separación de poderes; Rousseau, con el contrato social; e Immanuel Kant, con su lema “¡Atrévete a saber!”, fueron decisivos para el pensamiento moderno.


China, a través del confucianismo, destacó la educación, el deber, la armonía social y el respeto familiar.


India aportó diversas tradiciones filosóficas y religiosas, entre ellas el hinduismo y el budismo, que desarrollaron reflexiones sobre la rectitud, la compasión, la no violencia, la disciplina personal y la relación entre el individuo y la comunidad.


En resumen, entre las grandes corrientes que contribuyeron decisivamente a la formación de la concepción contemporánea de los derechos y de la dignidad humana destacan la filosofía grecorromana, las tradiciones judía y cristiana, las aportaciones del mundo islámico y asiático y, posteriormente, la Ilustración y las experiencias políticas y sociales de la modernidad, como el movimiento abolicionista y las experiencias derivadas de las guerras mundiales.


4. La Declaración Universal de 1948 como punto de inflexión


Un punto de inflexión importante fue la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, elaborada en el contexto posterior a la Segunda Guerra Mundial y al conocimiento de los crímenes del Holocausto, incluido Auschwitz. Su elaboración contó con la participación de personas procedentes de diferentes regiones y tradiciones culturales. Aunque la representación no fue plenamente equitativa, especialmente debido al contexto colonial de la época, la Declaración constituyó un intento histórico de formular derechos con pretensión de validez universal, más allá de una nación, una religión o una tradición cultural particular.


5. Conclusión


Los valores que hoy consideramos fundamentales -la dignidad humana, la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia, la solidaridad, el respeto por la evidencia y los derechos humanos- no son patrimonio exclusivo de una civilización. Son el resultado de una larga construcción histórica en la que diferentes tradiciones se han encontrado, confrontado, influido y transformado mutuamente a lo largo de más de dos milenios.


El cristianismo contribuyó a expandir y transformar concepciones morales relacionadas con el amor al prójimo, el perdón, la igualdad espiritual de las personas y la atención a los más vulnerables.
El cristianismo contribuyó a expandir y transformar concepciones morales relacionadas con el amor al prójimo, el perdón, la igualdad espiritual de las personas y la atención a los más vulnerables.

 
 
 

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